
2. Por las caminatas de noches lluviosas que llevan a extraños pasillos faraónicos.
3. Por las bancas en las que se pierden objetos pero se encuentran otros.
Sí, asi es....
Tan lejos como nunca.


Él evitaba enfrentar su mirada, ella lo miraba con descaro, como siempre, como acostumbraba a mirar el mundo. Cuando ella desviaba la mirada, sentía los ojos de él sobre ella.
La cena fue larga, entrada, plato de fondo, postre. Todo muy cuidado, preparado por él para ellos, para ella. La conversación fluía.
Ella se levantó al baño. Avanzó por el pasillo. Por ese pasillo que era conocido para ella, para su espalda, sus caderas, su pelo. Entro al baño riendo, por lo agradable que estaba todo, por la incomodidad de él, por los recuerdos que llegaban a su mente. Las gotas rojas del vino tinto ya corrían por sus venas, acelerando un poco sus latidos, tiñendo aun más su sangre. Apenas abrió la puerta para salir, se encontró con él. Ella abrió aún más sus ojos y se sonrió. Él sin mediar palabra la tomó por la cintura, la apretó contra la muralla con un beso. Ella, apenas sintió la cercanía de su aliento se entregó, sus labios entreabiertos recibieron su lengua, mientras sentía como la mano de él se metía por debajo de su falda subiendo por sus piernas. Contuvo un quejido, lo atrajo aun más hacia ella.
Sólo fue un instante.
El entró al baño.
Ella volvió a la mesa, sintiéndose embriagada de locura, del sabor de los besos, con ganas de reír a gritos.
Se sentó con respiración calmada tomó la mano del hombre entre las suyas, miró a la mujer. Siguieron conversando entre los tres mientras él regresaba del baño para servir la última copa de la noche.

Según un amigo argentino la nostalgia es parte fundamental de mi alma rusa, algo absolutamente dostoyevskiano.
Pero sea de Chejov o de Dostoyevski la cosa es que está conmigo siempre, detrás de mis ojos que casi siempre ríen, detrás de mis sonrisas. Y no es que sea un temón, no, no es de las graves, es más bien dulce, a veces divertida, a veces ridícula. Como la que me agarró en el último viaje a Moscú en el cual anduve recorriendo cuanta ropa usada pude para encontrar un uniforme como el que usaba cuando chica pero en mi talla. Búsqueda absolutamente infructuosa ya que estos se dejaron de usar por allá en el año 89 y estábamos en el 2003. Pero que se le va hacer, era la nostalgia del momento, como la que tengo siempre por los helados “Eskimo” que nada tienen que ver con esa cosa que se pusieron a vender en verano en las calles de Santiago.
Pero entre tanto ataque de nostalgia he descifrado grandes preguntas de mi vida. La semana pasada gracias a mi amistoso y adictivo soulseek encontré más de 100 canciones infantiles rusas. Obviamente mi dedito siempre bien entrenado dijo inmediatamente “download” y ahí comenzó. No paraba de cantar, de reír, de emocionarme, de repetir como disco rayado algunas de esas cancioncitas. Y por ejemplo descubrí el origen de mi amor absoluto por Tom Waits, ahí estaba el origen de todo. Una canción infantil cantada por un Tom Waits ruso con toda la carraspera propia de su voz. Después encontré fragmentos del cuento musical “Los músicos de Bremen” y claro como era un fragmento me puse inmediatamente a buscar las otras partes y las encontré. Después me acordé de mi disco con el cuento del Principito, y tras abrir y cerrar enlaces por fin lo volví a escuchar después de ........, ni me acuerdo cuantos años.
