lunes, octubre 24, 2005

La casa


Desde siempre había escuchado que esa casa estaba tomada por fantasmas. Mis compañeros de colegio inventaban las mas increíbles historias alrededor de ella, incluso algunos contaban que habían entrado y visto al fantasma. Yo nunca supe si creerles o no, por que la casa en si me fascinaba, su escalera de entrada, el porche de madera que en épocas anteriores debió haber sido lugar de fiestas y de bellos atardeceres, las ventanas con postigos iguales a los dibujados en tantos cuentos que había leído desde pequeña. Pasaba largos ratos de las horas de clases mirando la casa por la ventana de mi sala en vez de prestarle atención a la profesora y las materias que dictaba. Es que una casa vieja en medio de una ciudad en la cual solo habían edificios de por si ya era algo inusual. La casa quedaba justo a un costado de la cancha del colegio y solo nos separaba de ella una malla de gallinero que estaba rota en varios lugares.
Un día de otoño cuando los árboles de los alrededores se vestían de rojo y naranjo y las hojas caídas impregnaban el ambiente con olor a nuez moscada, en medio de la clase de educación física la pelota que yo había lanzado cayó en el ante jardín de esa casa. Me quedé parada, mirando, no sabía si ir a recoger la pelota o hacerme la tonta. Al ver mi cara de indecisión mezclada con algo de miedo mis compañeros de clase empezaron a burlarse de mí por no atreverme a pasar la malla. Ante la burla de ellos busque el agujero más próximo y me pasé.
Mi corazón latía más fuerte que nunca, avancé por el jardín cubierto de hojas que sonaban a cada paso, busqué la pelota entre ellas y entre el pasto del verano que ya estaba seco y se extendía como el cabello de un ser desconocido sobre la tierra. Sin darme cuenta avancé hasta la escalera de la entrada, la pintura de los peldaños y de la baranda se estaba descascarando en todas partes, sin embargo, la estructura se veía firme. Me quedé mirando la escalera y la puerta principal, a pesar del miedo y de que mi garganta se sentía muy estrecha por lo fuerte que latía mi corazón decidí subir. Un peldaño, ahora otro, ahora uno más, ya solo quedan dos. Mi único referente de fantasmas era el de Canterville y mientras lograba apoyar mi mano en la baranda pensaba en él y en los pomos de pintura que robaba tratando de darme un poco de aliento. No sabía exactamente que estaba haciendo, pero algo dentro de mí me impulsaba a seguir. El viento de otoño aumentaba aun más mi sensación de escalofrío cuando decidí poner mi mano en el picaporte. La puerta no se abrió. Una sensación de vértigo y mareo me llevó a salir corriendo tan rápido como pude del lugar.
Volví a la cancha sin pelota y sin poder articular una palabra, tiritando y antes que me pudieran preguntar algo estallé en llanto sintiendo un gran agujero en medio de mi pecho.
La sensación del agujero persistió durante días, me cambié de puesto en la sala y evitaba a toda costa siquiera mirar en dirección de aquella casa. Pero ella se aparecía en mis sueños cada noche. Después de un par de semanas de casi sin dormir y con aspecto fantasmagórico me di cuenta que no podía seguir con esa angustia, y la única manera de tratar de volver a la normalidad era enfrentarme al origen de las cosas. La casa.
Fue un día sábado en la tarde, sabiendo que el colegio y los alrededores estaban desiertos atravesé la cancha y me pasé por el mismo agujero de la vez anterior. Ahora el día estaba nublado y en los árboles quedaban las últimas hojas vestigios de otoño, mientras el frío aire y el silencio anunciaban la proximidad de una nevada. Tal vez era el cansancio de noches en vela pero sentía tranquilidad en vez de miedo y excitación de la vez anterior. Crucé el jardín, subí la escalera, ahí estaba otra vez frente a esa puerta. Por alguna razón en vez de tirar del picaporte quise tocar, pero apenas se acercó mi mano empuñada a ella, esta se entreabrió. Sentí como flaqueaban mis rodillas y en el mismo instante en que estaba a punto de emprender una nueva huida, por el espacio entreabierto de la puerta percibí un aroma familiar que hizo quedarme. Era un olor muy especial que me recordaba la casa de mis abuelas, una mezcla de libros antiguos, de pan negro, mezclado con olor a “Borsch” caliente y caramelos escondidos. Empujé suavemente la puerta.
La casa estaba prácticamente vacía, de las ventanas colgaban unos visillos que debieron haber sido blancos alguna vez. Avancé respirando los olores, con la piel erizada, pisando muy despacio. Cada espacio de la casa me producía un palpitar más fuerte en medio de mi pecho, una sensación de soledad que me daba ganas de llorar a gritos. Trataba de imaginar a los antiguos habitantes del lugar, pero mi mente no evocaba ninguna imagen, como si estuviera bloqueada. Trataba de entender el cambio de sentirla tan familiar en la entrada y ahora esta soledad, pero lo racional no pertenecía a este espacio.
Avancé. Me sentía cansada, eran demasiadas emociones juntas, la sensación de vértigo y mareo volvía cada vez más seguido. Era como si la casa estuviese absorbiendo mi vida, tratando de llenar ese gran vacío. Me apoyé contra la pared, mis mejillas estaban húmedas por un llanto sin sonido, sin lamento, era solo el vacío. Sentía como mis músculos se soltaban y mi cuerpo empezaba a resbalar contra la pared. Una sensación de caída, invadía mi mente. Me dejé arrastrar por ella y sentí suaves brazos que me recibían al caer. Ya no tenia fuerzas.
Con los ojos abiertos permanecí acostada en el piso de madera, empezaban a caer los primeros copos de nieve, mi cuerpo casi no respondía y mi mente vagaba por extraños mundos.
No se cuanto tiempo estuve así, ni de donde saque fuerzas para incorporarme. Mire a mi alrededor y comprendí que ese lugar no me pertenecía ni yo a él.
Salí de la casa como un fantasma, la calle ya estaba oscura.

(Entrega para la Red Fantasmal)

9 comentarios:

gallardo dijo...

Excelente!!!!
Por alguna razón lo veo todo en Moscú. Quizá por "el borsch". Puede ser.
Con el viento frío, que clava la piel, y con esa luz pálida de la tarde, con aroma a tormenta.
Pude verte temblar en el ultimo peldaño de la escala, y sentí algo de la atmósfera gastada y añeja del interior.
Hermoso cuento, evocador y sincero.
Felicitaciones!!!!

fgiucich dijo...

Estuve de visita por tu casa. Muy buen blog y me gustaron "2046" y "La grulla", especialmente. Volveré. Saludos.

Sandra Carrasco dijo...

Muy bien Agnes!!
Me paso igual que a Gallardo, pude sentir muchas de las cosas que describiste en tus palabras.
Cariños

Emilio dijo...

Muy buena descripción Agnes. Estuve allí, te acompañé en cada peldaño. Sentí el frío, esa incertidumbre tenebrosa , el erizar de cada pelillo. Un abrazo y felicitaciones.

VIOLETA dijo...

Que bellos, que intenso...vi tus imagenes...setí tu frio

Agnes dijo...

Gracias a todos los lectores,
fue una ardua pero placentera tarea.

Anónimo dijo...

Hola bella
Me causo un gran placer tu cuento, que te sucedió mientras dormías mojada!!! Y mucho miedo tu día 20 de octubre.

Roberto Iza Valdés dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Roberto Iza Valdés dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.